"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

martes, 23 de julio de 2013

Comunicado de la manifestación en Madrid, en memoria de Ramón Barrios, muerto en un centro de menores.

El pasado domingo 7 de julio un modesto grupo de solidarixs nos dimos cita en el barrio de Villaverde, para desgañitar nuestras gargantas recordando a Ramón Barrios, uno más de lxs chavalxs que sufrieron las torturas de un centro de menores para no poder contarlo, otra de las personas que fueron víctimas de la represión despiadada de un sistema que esconde bajo alfombras carcelarias las consecuencias de sus propios errores, los indicativos de su fracaso.

Muchas emociones nos invadían mientras gritábamos, rabia, dolor, silencio, un silencio terrible sólo roto por nuestros gritos, entre agentes de policía que, cobardes custodios del Estado y sus intereses asesinos, vigilaban a aquellxs que sólo intentábamos recordarle a esa ciudadanía impasible y anestesiada por la televisión y las rutinas que Ramón Barrios, un chaval de 19 años residente en ese mismo barrio, con padres, con amigxs, con ilusiones, fue asesinado en un centro de menores y que todavía nadie ha pagado por ello.

La manifestación recorrió varias calles de este barrio-dormitorio, mientras lxs vecinxs miraban estupefactxs, enfadadxs o con rostros tristes, el paso de nuestra comitiva. Finalmente, concluimos en plaza de Ágata, donde se puso fin a la manifestación con la lectura del siguiente comunicado.

Por Ramón, por Saray, por David, por Hamid, por todos y todas las jóvenes asesinadas en centros de menores por carceleros sádicos y sin alma.

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El pasado 8 de julio de 2011, Ramón Barrios, un chico de 19 años del madrileño barrio de Villaverde, entraba en el centro de menores Teresa de Calcuta, gestionado por la fundación Ginso, a cumplir el segundo fin de semana de los doce a los que un juez le había condenado como pena por haber cometido un hurto siendo menor de edad. El día 9, su familia recibía la noticia de su muerte entre información confusa, poco concreta y poco clara. Ni siquiera al acercarse al centro alguien se dignó a atenderles. Tras el paso por los juzgados de Arganda del Rey se les dio un informe del avance de la autopsia que determinaba la hora de la muerte entre las 4 y las 5 de la mañana (y no a las 3 como les habían asegurado lxs responsables del centro), que el cuerpo no tenía signos de violencia y que la muerte se había producido por una parada cardio-respiratoria, lo que no decía era qué había causado la parada. También allí se les informó de que podrían ver el cuerpo una vez ya estuviera en el tanatorio Sur.

Fue en el tanatorio, al empezar a desaparecer el maquillaje, cuando la familia pudo ver los ojos morados, los arañazos en el cuello, el gran hematoma en la mitad derecha del rostro, las orejas marcadas y la mandíbula hundida. Sin duda, las marcas de una paliza. A raíz de ese momento, y de que la familia paralizara la incineración y pidiera una segunda autopsia en el juzgado, empezó toda la sarta de mentiras sobre que Ramón habría ingresado en el centro drogado, que la parada la había provocado una sobredosis o que estaba alterado y nervioso. Según lxs responsables del centro ese supuesto estado de agitación sería lo que “obligó” a los carceleros a reducirle, lo que hizo que él mismo se provocara las lesiones.

Todo mentira. Seguramente alguien quisiera vengarse y darle un escarmiento y se le fuera la mano, algo para nada imposible ya que según Ramón había tenido un conflicto con los trabajadores del centro el fin de semana anterior cuando le pillaron fumando un cigarro en la habitación, pero eso no explica completamente por qué murió. Lo cierto es que no es nada difícil que el sistema de reducción que emplea el personal de los centros de menores acabe así.

Nadie puede negar que vivamos en una sociedad con una profunda contradicción inherente a su propia organización social. Hay quien se ve obligado a trabajar para obtener un salario que le permita subsistir y hay quien se queda con el resto de la riqueza (el valor) que produce ese trabajo para vivir, para satisfacer sus deseos y sus necesidades. Esa contradicción crea una realidad social concreta que se ceba en las personas más desposeídas y genera conflictividad social. El Estado necesita ejercer un control que regule y gestione los conflictos en las relaciones sociales y sus consecuencias. Esta es la razón de ser de la justicia penal. El código penal establece qué conductas merecen ser sancionadas y de qué manera. En este marco, en el 2001 entró en vigor una ley que regula la responsabilidad penal de lxs menores de 18 años. Esa ley fue la que juzgó, por medio de la justicia penal, y condenó a Ramón Barrios. Un juez, aplicando el criterio del legislador, es decir el gobernante, decidió que la mejor manera de “corregir” el comportamiento de Ramón era que cumpliera una pena de privación de libertad en un centro de reforma.

Esta es la manera en que el Estado afronta los problemas de las personas. Nos usurpan nuestra autonomía, nos quitan la posibilidad de gestionar nuestras vidas, de resolver nuestros conflictos y de hacernos responsables de nosotrxs mismxs y de lxs que nos rodean y luego aplican toda su fuerza contra nosotrxs quitándonos la libertad.

Tras las rejas de sus muros pretenden someter a las personas para re-insertarlas en la sociedad, para que cumplan su papel sin causar problemas. Ejercen su violencia legal contra quien privadx de su libertad, aisladx y en manos de carceleros no puede defenderse. Por esto murió Ramón, por que alguien había sido investido de la autoridad para castigar a otrxs. Alguien cuya misión era esa, mantener el orden y, puesto que Ramón se encontraba en una cárcel, la seguridad (de la cárcel, claro, no de Ramón). Es posible que ese carcelero (o carceleros) no quisiera matar a Ramón pero tenía la autoridad para ejercer violencia contra él, esa cuyo monopolio con tanto ahínco defienden el Estado y sus voceros. Y lo hizo. Por eso no podemos dejar en manos del Estado a nuestrxs chavalxs, por que esto es lo que ocurre en las cárceles, también en las de niñxs.

De hecho, es más fácil que ocurra en las cárceles de menores. La gestión privada de estos centros hace que no haya organismos estatales que puedan ejercer un mínimo control de lo que ocurre dentro. Aunque esto no sea ninguna garantía, ahí tenemos las muertes a mano de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y en las cárceles de adultxs, es evidente que cuando lo que están en juego son intereses económicos de empresas, como las que gestionan los servicios (entre ellos la seguridad) del centro de menores Teresa de Calcuta y que pertenecen al presidente de la fundación Ginso, preocupa menos quién ejerza de carcelero. Incluso siendo un tipo capaz de matar a golpes a un chaval después de decirle “ahora sí que vas a saber como se trata a los perros”. Esto es lo que ocurre cuando los beneficios económicos importan más que las personas.

Quieren hacernos creer que lo que le ocurre a nuestrxs chavales no tiene nada que ver con el sistema social impuesto, con el mundo que les rodea, con las relaciones que se establecen en él. Que sus problemas están dentro de ellxs y necesitan ser cambiadxs, re-educadxs, a golpe de porra, de psico-fármaco y de encierro. Aunque hace mucho tiempo que se ha demostrado que la cárcel no re-inserta, que su única función es punitiva, y que destruye a las personas siguen encerrando a nuestrxs chavalxs diciendo que lo hacen por su bien, que están mirando por su interés superior. La realidad es que no quieren cuestionar los pilares sobre los que se asienta la sociedad, quieren que obedezcamos sus leyes y estemos calladitxs. Si no, ahí está la prisión. Además, dado que alguien tiene que hacerse cargo de su funcionamiento, resulta muy lucrativa. Al Estado le sale más barato, a costa de lxs niñxs, que empresas privadas gestionen los centros.

Por eso recordamos hoy a Ramón. El 9 de julio se cumplen dos años de su muerte y no queremos que caiga en el olvido, ni por Ramón, ni por todxs lxs chavales que siguen hoy en día encerrados en sus cárceles.

¡Ni olvido ni perdón por las muertes en prisión!
¡Abajo los muros de las prisiones!