"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

lunes, 14 de mayo de 2012

[Texto] Aún le recuerdo, moribundo...

El siguiente texto se escribió con la idea de repartirlo en la manifestación que, con motivo de la celebración del aniversario del 15-M, el pasado 12 de Mayo recorrió la ciudad de Pontevedra, igual que la mayoría de ciudades y localidades del Estado. Por razones de logística no pudo ser (quien dice logística, dice que no había fotocopias suficientes, que no conté con que las copisterías no abren por la tarde el sábado en esta ciudad, que dejé la corrección y maquetación del panfleto para última hora etc... vamos, vagancia e irresponsabilidad por mi parte más que "razones de logística"), así que su reparto queda para otro día y por ahora, lo dejo por aquí.

El texto no es del todo obra mía, y si bien he añadido cosas de mi cosecha para contextualizarlo un poco y añadirle dramatismo (o tratar de hacerlo), está inspirado en un fragmento aparecido en varios lugares de la red, hasta donde yo sé anónimo, y que yo personalmente, encontré en una noticia de la web Contrainfo, donde alguien lo había aportado en un comentario (aquí, en el primer comentario).

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AÚN LE RECUERDO, MORIBUNDO...

... tendido en aquella cama, agonizante, con un terrible cáncer cuya metástasis se extendía por momentos, consumiendo sus últimas semanas (o días) de vida. La baba colgaba de su boca entreabierta y su mirada, perdida, no reflejaba nada más que el recuerdo difuso de un pasado triste y miserable que aquel pobre hombre ya no quería recordar.

Nadie le asistía. Su hijo había ido a trabajar lejos años atrás, buscando el pan para sus hijxs, pero no tuvo éxito y ahora el paro le impedía tener dinero suficiente como para ir a hacer compañía a su padre incluso estando éste en lecho de muerte. Su mujer había fallecido, también a causa de una enfermedad de ésas que los médicos le diagnosticaban sin cesar, pero sin dejarle morir porque en este mundo, es delito ayudar a fallecer a una persona que así lo desea, mientras se premian con suculentas sumas de dinero el genocidio y el latrocinio patrocinado por multinacionales, el atraco encubierto promovido por los bancos, el engaño mundial diseñado por lxs políticxs y la carencia absoluta de valores o de compasión impuesta por el sistema de enseñanza corporativo y empresarial. Mundo incomprensible que él creyó haber entendido pero que nunca llegó a asimilar del todo, no al menos hasta que fue demasiado tarde. Estaba sólo, y de su estómago y de su nariz colgaban sendas sondas conectadas a una bolsa de suero próxima a agotarse. Su dormitorio, grotesca escena de ropa tirada, vómitos en el suelo y suciedad acumulada al no poder limpiar el anciano inválido, cuya ridícula pensión no le alcanzaba para contratar a alguien que le cuidase.

Viéndole allí tendido, suplicando, no pude articular palabra. Me pregunté si aquel amasijo de huesos y carne que ahora se lamentaba de su estado entre lágrimas, aspavientos e improperios, habría sido algún día un niño sonriente, corriendo y descubriendo el mundo que se abría ante él, un niño con esperanza, sueños y ganas de vivir una vida que poco a poco se fue apagando y perdiendo su sentido, deviniendo en esa rutina gris, monótona, alienante de la que tú -reconócelo- también querrías salir si supieras cómo.

Traté de animarle, le dije que tenía que resistir, y esas frases, tan típicas como cansinas, que se le dicen a alguien cuya vida pende de un hilo, llenas de palabras bonitas y de muestras de cariño que, ausentes en tiempos pretéritos, se apresuran a cumplir su función antes de que el descarado oportunismo de su recurso se vuelva demasiado evidente. Él levantó su mano izquierda, yo la cogí. Me miró, con aquella mirada entumecida y nublada, y me dijo que no me preocupase, que todo iba bien, que algún día a todxs nos llegaba aquel momento. Fue entonces cuando sonriendo dijo que él no moriría de cáncer, ni tampoco de las trescientas setenta y cinco mil millones cuatrocientas tantísimas enfermedades que los sacrílegos de la ciencia le atribuyeron a lo largo de su vida, prostituyendo la salud y la noble medicina en nombre del dinero y de la mafia farmacéutica. No, él no moriría de ninguna de esas dolencias, ni de sobredosis de alguna perfusión química. Aquel hombre sabía que no tendría que agonizar más, pues la reforma laboral había traído la solución a todos sus problemas. Moriría de hambre, y si el hambre no podía con él, esperaría al desahucio y sería entonces cuando, en la calle, entre cartones y sin sus sondas, se iría por fin, dejando atrás un mundo en el que lxs vivxs se convierten en muertxs antes de perder la vida, y en el que lxs muertxs no tienen memoria para enseñar a lxs vivxs que someterse es perder.

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