"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

lunes, 30 de abril de 2012

Jornada de post-porno en el CALDO Vegano (Madrid) y una reflexión.

Según me informan lxs compas del CALDO a través del e-mail, la jornada de post-porno que iba a celebrarse en el KOALA, se han trasladado al CALDO debido al desalojo (más información del desalojo del KOALA aquí).

La jornada será el próximo viernes 4 de Mayo entre las 21:00 y las 23:00 en el CALDO Vegano, situado en Calle de las Orquídeas, nº 15, en el barrio de Tetuán (Madrid). Habrá proyección y debate en torno a esta temática.

Porque aunque a mucha gente le parezca algo de buenas a primeras violento, todxs tenemos un cuerpo del que no necesariamente somos propietarixs, pues muchas veces pertenecen a multinacionales, a diseños publicitarios, a frustraciones, a auto-censura y a complejos absurdos que nos limitan en nuestro disfrute de nuestra carne y nuestros fluidos, obligándonos a la intimidad, obligándonos a escondernos para hacer el amor en una sociedad enferma que ha hecho sin embargo de la guerra un espectáculo televisivo, generando una represión que inconscientemente la peña va interiorizando y que terminan dando por sentada, asumiéndose a sí mismxs como cuerpos sin alma que obedecen a mentes trastornadas por los roles, las modas y las tendencias de mierda. Ya los Motherfuckers, aquel grupo de afinidad neoyorquino que se movía a finales de los '60 entre el dadaísmo, el nihilismo, el punk y cierta teoría situacionista de Debord, banda callejera politizada, anarquista, desagradable, enemiga irreconciliable de la sociedad moderna, de su moral y de sus pautas de comportamiento, feos, desaliñados y obscenos activistas que llenaban los museos más prestigiosos con yonkis, migrantes y vagabundxs, que boicoteaban las conferencias de lxs principales intelectuales "del mundillo" y que atentaban directamente al núcleo de la alienación general, dijeron una vez aquello de "La revolución es la sexualidad pisoteando la civilización". No podían tener más razón, pues quizás en un entorno donde las instituciones tratan de normativizar el placer sexual que se desvía de la norma definiendo las circunstancias en las que dicho contacto puede tener lugar (y por lo tanto, convirtiéndolo en otro insípido apéndice del espectáculo cotidiano a través de la patologización de toda expresión corporal/sexual divergente), el acto de echar un polvo entre gimoteos y caricias en el escenario de un teatro repleto de un público estupefacto que observa con terror mientras la función culmina con una eyaculación que salpica sus caras de idiotas, sea más rupturista que la más potente de las bombas incendiarias jamás fabricada.