"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

lunes, 30 de abril de 2012

Discurso de Louis Lingg

Louis Lingg fue uno de los ocho huelguistas procesados tras la revuelta de Haymarket, y también uno de los cinco anarquistas que fueron condenados a muerte por los tribunales del Estado/Capital, que ya entonces se encontraban al servicio de la burguesía, las patronales y los intereses más deleznables. No obstante, él tomó la valiente decisión de joderles el teatro a sus verdugos, terminando con su vida en su celda.

Así, fue la noche del día anterior a la fecha acordada para las ejecuciones de Louis y de los demás compas cuando éste, estando en su celda, se encendió un cigarrillo con una bujía, escuchándose de repente una fuerte explosión. El compañero había guardado en su mano una cápsula de no más de una pulgada de largo y rellena de fulminato de mercurio, que hizo que quedase tendido en el suelo, con profundas heridas en la cabeza y el pescuezo, con la mandíbula rota y quemaduras. Su objetivo era morir en el acto, pero no fue así y el compañero todavía agonizó 5 largas horas hasta que, finalmente, se fue, burlándose de sus asesinxs y cumpliendo literalmente su promesa, su promesa de ser anarquista hasta la muerte.

Muchos años han pasado y todo sigue igual. Crisis, paro, miseria, precariedad, recortes, globalización, sociedad del espectáculo, capitalismo, neoliberalismo... cambian las palabras, pero no las cosas y por éso seguimos aquí, soñando y luchando día a día convencidxs y cómplices, con cada vez más rabia y con cada vez menos miedo. Tenemos una guerra declarada contra el Estado y el Capital.

A continuación, añado parte del discurso que Louis Lingg pronunció ante el tribunal que le condenó a muerte aquel fatídico día. Lo he extraído de Abordaxe (aquí) quienes, a su vez, lo extraen del libro "Los mártires de Chicago", por Ricardo Mella (click aquí). Dada la relevancia histórica y el respeto que, al menos para mí, tiene y merece el presente documento, he optado por no modificarlo con el género neutro. Espero que no moleste, mi intención con ello tampoco es caer en distinciones ni preferencias, ni tampoco en un lenguaje sexista.

Mártires de Chicago, Presentes en nuestra lucha y en nuestros corazones.
Anarquía por siempre.

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Me concedéis, después de condenarme a muerte, la libertad de pronunciar un último discurso.

Acepto vuestra concesión, pero solamente para demostrar las injusticias, las calumnias y los atropellos de que se me ha hecho víctima.

Me acusáis de asesino; ¿y qué prueba tenéis de ello?.

En primer lugar, traéis aquí a Seliger para que deponga en mi contra. Dice que me ha ayudado a fabricar bombas y yo he demostrado que las bombas que tenía las compré en la Avenida de Clybourne, Nº 58. Pero lo que no habéis probado aún con el testimonio de ese infame comprado por vosotros, es que esas bombas tuvieran alguna conexión con la de Haymarket.

Habéis traído aquí también a algunos especialistas químicos, y éstos han tenido que declarar que entre unas y otras bombas había diferencias tan esenciales como la de una pulgada larga en sus diámetros.

Esa es la clase de pruebas que contra mí tenéis.

No; no es por un crimen por lo que nos condenáis a muerte; es por lo que aquí se ha dicho en todos los tonos, es por la Anarquía; y puesto que es por nuestros principios por lo que nos condenáis, yo grito sin temor: ¡Soy anarquista!.

Me acusáis de despreciar la ley y el orden. ¿Y que significan la ley y el orden?, sus representantes son los policías, y entre éstos hay muchos ladrones. Aquí se sienta el Capitán Schaack. El me ha confesado que mi sombrero y mis libros habían desaparecido de su oficina, sustraídos por los policías. ¡He ahí vuestros defensores del derecho de propiedad!.

Mientras yo declaro francamente que soy partidario de los procedimientos de fuerza para conquistar una vida mejor para mis compañeros y para mí, mientras afirmo que enfrente de la violencia brutal de la policía es necesario emplear la fuerza bruta, vosotros tratáis de ahorcar a siete hombres apelando a la falsedad y al perjurio, comprando testigos y fabricando, en fin, un proceso inicuo desde el principio hasta el fin.

Grinnell ha tenido el valor, aquí donde no puedo defenderme, de llamarme cobarde. ¡Miserable!, un hombre que se ha aliado con un vil, con un bribón asalariado, para mandarme a la horca. ¡Este miserable, que por medio de las falsedades de otros miserables como él trata de asesinar a siete hombres, es quien me llama cobarde!.

Se me acusa del delito de conspiración. ¿Y cómo se prueba la acusación?, pues declarando sencillamente que la Asociación Internacional de Trabajadores tiene por objeto conspirar contra la ley y el orden. Yo pertenezco a esa Asociación, y de esto se me acusa probablemente. ¡Magnífico!, ¡nada hay difícil para el genio de un fiscal!.

Yo repito que soy enemigo del orden actual, y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras aliente. Declaro otra vez franca y abiertamente que soy partidario de los medios de fuerza. He dicho al Capitán Schaack, y lo sostengo, que si vosotros empleáis contra nosotros vuestros fusiles y vuestros cañones, nosotros emplearemos contra vosotros la dinamita. Os reís probablemente, porque estáis pensando: Ya no arrojarás más bombas. Pues permitidme que os asegure que muero feliz, porque estoy seguro de que los centenares de obreros a quienes he hablado recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados ellos harán estallar la bomba. En esta esperanza os digo: Os desprecio; desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra fuerza, vuestra autoridad. ¡AHORCADME!.

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