"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Hágase el caos. Breve reflexión sobre violencia y espectáculo.


Ayer vi esta película y la verdad es que esta escena en concreto me llamó la atención pues estoy completamente de acuerdo con las palabras del Joker.

Antes de nada quiero aclarar lo siguiente:

Ésto no es un tratado de defensa de la violencia ni tampoco un hipócrita intento de condenarla a toda costa por parte de algún/a demócrata pesadx. Sólo es un retrato de esta sociedad estúpida en el que trato de poner de manifiesto el absurdo presente en sus cada vez más ridículos sueños de concordia.

Dicho ésto, voy a ello.

Vivimos en un mundo donde todo, absolutamente todo tiene un escenario en el que desenvolverse, en el que suceder. Es un teatro absurdo y arrasado donde se representa una y otra vez la misma obra sin sentido cuyxs actores y actrices tratan de sobrevivir en un mañana sin futuro poniendo en escena los diferentes roles que van adquiriendo. En el caso de la violencia, ésta se encuentra en las pelis norte-americanas de acción, con sus explosiones, sus persecuciones al límite y sus tiroteos. Está en los combates de boxeo, en las gradas de las plazas de toros y en los videojuegos. En los telediarios y en la sección de sucesos del periódico. En las carnicerías, los Zoos y las tiendas de animales o de pieles.

Sin embargo, la violencia espontánea e inesperada que surge a través del deseo sincero de acabar con ésto por parte de un grupo de individuxs enloquecidxs por un estilo de vida enfermizo (determinado por un sistema de relaciones humanas y sociales basado en la sumisión de una mayoría explotada a los intereses de una minoría acaparadora que diseña, de espaldas al mundo y para lograr la perfecta conclusión de sus planes, la catastrófica arquitectura del mundo moderno) es siempre rechazada y temida aunque, en proporción, ésta última resulte mucho menor que aquella a la que en nuestra condición de explotadxs nos enfrentamos diariamente.

El paro, el miedo, las guerras entre grandes multinacionales que se sirven de fuerzas paramilitares para controlar la mayor cantidad de recursos posible, el hambre, la sequía y la deforestación masiva derivadas de este hecho, la brutalidad policial, las cárceles, las drogas, los psiquiátricos, la destrucción del medio ambiente, los transgénicos, la artificialización de los diferentes elementos que componen la realidad circundante, el cada vez más preocupante índice de dependencia de electrodomésticos y delegacionismo en otras personas a las que pagamos para que hagan el trabajo que a nosotrxs no nos gusta (convirtiéndonos así en explotadorxs y explotadxs) y la manera en que, al distorsionar y entremezclar las clases sociales, la técnica de lo post-moderno ha vuelto inútil la lucha de clases puesto que las clases han subyugado ante el avance imparable de las necesidades de la tecnología y la industria, que priman por encima de las necesidades humanas más básicas. Todo ello constituye una dosis insoportable de violencia que hace que por más que aumenten el control social y los mecanismos de socialización, domesticación y vigilancia con los que el poder cuenta para evitar que escapemos del corral, cada vez sean más lxs presxs, las enfermedades mentales y lxs desposeídxs que, no teniendo nada que perder, se lanzan en acometida suicida contra este mundo y todo aquello que lo protege. Esta violencia (refiriéndome a la del capital, no a la de las personas que reaccionan ante ella), sin embargo, la aceptáis, la asumís como necesaria, como inevitable y os sumáis a aquellas estructuras que, única y exclusivamente por codicia, la ejercen también contra vosotrxs. Es decir, os convertís en víctima y verdugo de vuestra propia tragedia.

Mucha gente se las da de pacifista y de pacífica cuando al no intervenir en la revuelta está sustentando, alimentando y legitimando la existencia de las bestias más violentas de todos los tiempos; el capitalismo industrial y la civilización occidental contemporánea.

Dice que no le gusta la violencia pero trabaja para ganar dinero con el que poder abastecer sus necesidades, entre las cuales, además de la comida, la ropa o un lugar donde vivir, se encuentra el ocio. En sus momentos de ocio (por otro lado definidos siempre en relación a un horario de trabajo, lo que convierte el supuesto tiempo libre en una extensión de la realidad laboral, concedida por lxs amxs para administrar nuestra fuerza y sacarnos el mayor partido posible) se chuta grandes cantidades de violencia sin sentido a través de la televisión o, en algunos casos, con sólo salir a la calle y mirar a su alrededor en vez de entretenerse con los escaparates que mantienen cautivos sus deseos, deseos que sólo sirven para mantener en funcionamiento este engranaje suicida.

Sin embargo, llora y tiembla cuando algo se sale de sus esquemas. Igual que la prisa (que no es más que un aumento en el ritmo de vida y que surge como reacción ante una inesperada escasez de tiempo, lo que señala también a la medida del tiempo como un elemento represivo) genera stress, la violencia genera, de tener lugar fuera de los espacios concebidos para ella, desconcierto, temor y rechazo.

Si eres boxeador/a profesional, te pagarán por reventarle los dientes a otra persona a puñetazos pero si, en cambio, dos personas deciden, de mutuo acuerdo, pelearse y lo hacen en la calle (pegándose sólo entre ellas, entre dos personas que así lo han acordado) automáticamente la policía interviene y les detiene a ambxs por desórdenes públicos. ¿Por qué se produce este fenómeno?, ¿os habéis parado a pensarlo?. ¿Habéis pensado por un momento en el hecho de que lo que les molesta no es la violencia en sí, sino el hecho de que ésta pueda ser un revulsivo para lxs demás y se establezca una cadena incontrolable de desórdenes dentro de su perfecto mundo feliz? o en otras palabras, ¿no será la idea de no poder monopolizar la violencia y utilizarla como elemento represivo lo que les jode tanto a aquellxs que constantemente llaman a la calma desde sus poltronas mientras sumen este mundo en la ruina más absoluta?.

Yo, personalmente, encontraría absurdo que dos personas decidiesen hacerse daño mutuamente para divertirse pero, si se diese el caso, adelante mientras sea por mutuo acuerdo y no se esté violando la libertad y bienestar fundamentales de otrx individux ajenx a la contienda.

Lo que quiero decir con ésto es que si romper escaparates fuese un deporte, el bloque negro sería una especie de convocatoria olímpica. En cambio, y partiendo del hecho de que toda expresión de violencia posee un contenido que la define y hace más o menos aceptable según el pensamiento de cada unx, el contenido que define la violencia del bloque negro no es el de entretener a unas masas enloquecidas durante las horas muertas que pasan sentadas ante el televisor ni tampoco volverles impermeables a las olas de violencia que cada día experimentan en sus carnes. La violencia del bloque negro (y hablo del bloque negro como puedo hablar de un banco que explota en plena noche sin herir a nadie o de alguien que en una calle repleta de gente saca un spray de pintura y escribe una consigna en una pared) encuentra su razón de ser en el intento de ruptura con esta realidad cuya paz social y falsas promesas de bienestar mantienen en estado de letargo insurrecciones durmientes.

Es por otro lado evidente que no conviene caer en una fetichización de la violencia aunque sea emancipatoria o  surja como reacción a una agresión constante, del capital sobre el/la trabajador/a-consumidor/a. Hay que analizar cada contexto y valorar qué puede aportar y en qué puede perjudicar el uso o desuso de estrategias de lucha violenta. En no pocas ocasiones repartir un simple panfleto donde se pongan las cosas claras, unas jornadas en un centro social okupado o incluso una movilización de acción directa no-violenta han resultado más fructíferas a largo plazo que un adoquín rompiendo un escaparate o alcanzando un coche de la policía.

Por ello, contra lo rutinario y contra la condición de espectadorxs pasivxs de nuestras propias vidas.

Experimentemos, juguemos y aprendamos. ¡Hágase el caos!.