"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Utopía y miseria del mundo industrial.

El siguiente texto fue redactado por los Amigos de Ludd, colectivo neo-Luddita ya disuelto que editó un total de 9 boletines en los cuales incluyeron reflexiones sobre el progreso y su papel en el proceso de desarrollo de las estructuras del dominio, sobre los incendios como una estrategia política, sobre la falsa benevolencia de las redes sociales y el software libre y otras temáticas transversales al pensamiento contra el capitalismo tecno-industrial y contra su influencia en todas y cada una de las esferas de nuestras vidas.

Lo he extraído del libro Antología de textos de los Amigos de Ludd, de la editorial libertaria Biblioteca social Hermanos Quero y que recoge varios de los textos más influyentes o conocidos del prolífico colectivo. Yo he decidido difundir éste porque además de que me ha gustado bastante, no lo he encontrado en internet.

Su lectura tal vez se haga un tanto pesada para quién no esté familiarizadx con este tipo de literatura (además de que es bastante largo, yo flipé para escribirlo en el pc. Sobre todo porque se me borró todo cuando estaba a punto de terminarlo por un fallo y tuve que volver a empezar. Creo que no quedó un/a santx en el cielo en cuya estampa no me haya cagado), no obstante, me gustaría difundirlo puesto que creo que contiene varias reflexiones y apuntes interesantes en torno a la visión desarrollista y progresista de ciertxs auto-erigidxs revolucionarixs.

Por cierto, me he tomado la libertad de intentar no reproducir un lenguaje sexista por lo que he decidido no realizar distinción de género en las palabras como vengo haciendo siempre. Disculpad las posibles molestias que ésto pudiese causaros a la hora de leer el texto.

UTOPÍA Y MISERIA DEL MUNDO INDUSTRIAL
Por los Amigos de Ludd

"Se pretende que lxs hombres/mujeres no son más falsxs de lo que lo han sido en otro tiempo; sin embargo, hace medio siglo, era posible procurarse a poco costo telas de buen tinte y comestibles naturales; hoy día, la adulteración y el fraude dominan por doquier. El/la cultivador/a es ahora tan defraudador/a como lo era en otro tiempo el/la comerciante. Productos lácteos, aceites, vinos, aguardiente, azúcar, café, harinas, todo está falsificado desvergonzadamente. La multitud pobre no puede procurarse ya comestibles naturales; sólo le venden unos venenos lentos, hasta el punto de que el espíritu de comercio ha hecho progresos incluso en los pueblos más pequeños."

 Charles Fourier
Círculo vicioso de la industria civilizada, 1829.

Para aceptar que nosotrxs somos hoy lxs habitantes de un cierto mundo -heredado del capitalismo tecnificado en una determinada fase de su crecimiento- tenemos que entender primero qué sentido tiene la alianza entre el capital y las fuerzas productivas impulsadas por el desarrollo industrial.

No se puede hablar de la fase industrial del capitalismo como de una necesidad histórica, al menos si por necesidad entendemos aquí un determinismo en sentido estricto. Otra cuestión es que al día de hoy no podamos concebir la expansión de la economía capitalista independientemente de su desarrollo en forma industrial.

Cuando lxs economistas clásicxs anteriores a Marx, describían los fenómenos económicos dentro del capitalismo -la producción de la riqueza cuantificable, el valor- evitaban analizar la propiedad privada, pasando por encima de ella como si fuera un hecho natural que no mereciese ningún cuestionamiento. Dos siglos después, una vez que a la propiedad privada se le ha despojado de todo rasgo inocente, sigue faltando una crítica de la economía política que analice en toda su profundidad el carácter específico de la industria y la tecnología en relación con el desarrollo de las fuerzas productivas y el mundo económico generado por éstas -y que dicha crítica sea elaborada en conjunción con una práctica concreta. Si la tecnología se ha podido constituir en un factor natural dentro del análisis de las estructuras materiales es porque su cuestionamiento se ha retrasado lo suficiente para que hoy, una vez cumplido el proceso de la tecnificación de la producción y el consumo, no podamos diferenciar entre fines económicos y medios aplicados en su forma industrial. Y esto contando con la aquiescencia de la mayoría de lxs que dicen oponerse al tipo de organización social y económica que hace posible esta identificación perniciosa. La equivalencia entre un mercado de producción de necesidades y una industria de abastecimiento se basa en una lealtad mutua que no rinde cuentas a una sociedad que debe aceptar una perpetua expansión y una guerra económica en la que, hasta la fecha, sólo ha participado como perdedora.

Desde nuestra perspectiva actual podemos afirmar que si bien el capitalismo no dependió para su nacimiento del desarrollo industrial, sí es cierto que es sólo gracias a la industria como aquel pudo realizar todas las aspiraciones que su programa de sometimiento económico contenía. La conquista del medio social hasta convertirlo en mero trasiego de mercancías no se puede entender si dicha conquista no se pone en relación con la conquista del mundo histórico y la naturaleza por medio de un proceso técnico que tomaría la apariencia de una secuencia evolutiva, progresiva y la fuerza de un desencadenante antropológico. Así, la apropiación tecnológica de los bienes naturales o de las relaciones de producción, en una proyección de la modernidad sobre toda la historia universal, ha podido pasar por ser una mediación neutra. Independientemente de las relaciones sociales asimétricas que ocultaba o propiciaba, aparte del carácter de una explotación del medio de consecuencias imprevisibles, la tecnología industrial aplicada a la producción de bienes fue observada como un paso más en la evolución de las formas humanas de intermediación con la naturaleza. Es cierto que el pensamiento de la época no permaneció indiferente ante las transformaciones que estaban teniendo lugar; poetas como Heinrich Heine podían hablar de la nación inglesa en los siguientes términos: "La perfección de las máquinas, utilizadas allí por doquier y que de tanto trabajo humano se hacen cargo, tenía igualmente para mí algo inquietante. Esos engranajes artificiales de ruedas, barras, cilindros y miles de pequeños ganchitos, clavijas y dientes, moviéndose casi con auténtico apasionamiento, me llenaban de terror, la determinación, la exactitud, la coordinación y la puntualidad en la vida de lxs inglesxs no me aterrorizaban menos; pues al igual que las máquinas en Inglaterra se nos antojan hombres/mujeres, lxs hombres/mujeres nos parecen allí máquinas." (Noches florentinas, 1835); y socialistas como Fourier podían tratar de someter, en sus proyectos, el poder de la industria a una organización armónica de la sociedad, mientras que el mismo Marx realizó apreciaciones exactas sobre el papel jugado por la máquina en la producción: "En la manufactura, lxs obrerxs forman lxs miembros de un mecanismo viviente. En la fábrica existe un mecanismo muerto, independiente de ellxs, y al cual son incorporadxs como accesorios vivientes (...) La misma facilidad del trabajo se torna un medio de tortura pues la máquina no exime al/a la trabajador/a del trabajo sino que priva a su trabajo de contenido."

Pero todas estas perspectivas, aún las más exaltantes, no han impedido (o no podían impedir) que la crítica de la industria y su tecnología jugara un papel fragmentario y parcial, incapaz de abordar el problema del industrialismo aplicado a la producción como un problema específico. Los factores históricos que desde el fin del Renacimiento contribuyeron a la gestación de una economía capitalista no pueden ser aislados ni separados de las circunstancias únicas que les rodearon. No tiene sentido hablar de una historia en general de la economía capitalista, sino de la historia de la economía capitalista que hemos conocido y aún conocemos. Aún así es cierto que podemos señalar rasgos bastante amplios como la expansión de los mercados (expresada en la dominación inglesa del comercio mundial), el auge de la vida urbana, la creación de monopolios, la articulación creciente de valores de cambio y la mercantilización de todo bien, el desarrollo de un cierto sistema legalista mercantil a prueba de guerra y, por supuesto, los profundos cambios políticos y sociales ocurridos en los siglos XVII y XVIII, la emergencia de una nueva clase dominante con rasgos propios, todos ellos factores que determinaron de una manera u otra el nacimiento de un nuevo tipo de organización de la vida económica y social así como su progresiva teorización y legitimación. Frente a ellos, el fenómeno de la Revolución Industrial no puede simplemente yuxtaponerse. De la Revolución Industrial no podemos retener la imagen escolar de una máquina de vapor impulsando y acelerando toda una economía manufacturera o artesanal. Hay que señalar que la introducción masiva de la máquina en la producción económica, entre los siglos XVIII y XIX, es un hecho que no se encaja en una teoría ad-hoc: La Revolución Industrial como consecución de la ley lógica del beneficio. Hay que ver, en todo momento, cómo el motivo proyectado sobre los hechos a explicar recupera su significado vivo al contrastarlo con todos los factores actuantes. En ese punto no es posible recurrir a una explicación finalista o evolucionista para reconstruir el significado de la industrialización. Habría que hablar de una conjunción de diferentes programas. En algunos casos, el desarrollo industrial oculta el proceso de destrucción de las comunidades artesanales o manufactureras, sin el cual nunca habría existido una masa potencial de mano de obra que sólo constaba de su fuerza de trabajo como medio de subsistencia. También se oculta que la lógica del beneficio violentaba incluso las inercias de lxs poderosxs, que en muchas ocasiones, segurxs de tener ya unos rendimientos afianzados, se resistían a introducir avances tecnológicos a un alto coste. De esa forma habrá que ver la Revolución Industrial a veces como causa, otras, como efecto, pero siempre imbricada en condiciones de posibilidad históricas que no pueden ser manipuladas caprichosamente. Los cambios tecnológicos obedecían a programas políticos, en su sentido más amplio, motivados por transformaciones profundas y por una nueva composición de los intereses de las nuevas clases dominantes. El hecho de que, en muchas ocasiones, con excepción de Gran Bretaña, fuera el mismo Estado el que contribuyera a apoyar económicamente estos programas, muestra como la ley del beneficio no funcionaba como mecanismo natural, regulado por la mano invisible de un mercado neutro. Sin el apoyo de los gobiernos, la red ferroviaria en el continente europeo se habría retrasado incalculablemente. Pero además la inversión en tecnología implicaba el desarrollo de sistemas de crédito, utilización de letras de cambio etc... en definitiva, el crecimiento de toda una red que hacía depender el capital industrial del capital financiero y que comprometía a los Estados a la hora de abolir reglamentaciones proteccionistas o de reprimir todo aquello que supusiera un freno o un obstáculo para el nuevo asalto económico liberal. Por otro lado, la situación concreta de cada nación, en aquel momento, señalaban diferentes perspectivas hacia la industrialización que no pueden ser obviadas: la existencia de un mundo agrario en Francia aún predominante o la persistencia de sistemas gremiales en Alemania al menos hasta 1860 caracterizan un desarrollo desigual del proceso de industrialización. Y éstos son sólo algunos ejemplos.

Pero el problema que nos ocupa no podría ser abordado dejando a un lado el papel jugado por la ciencia. Desde los descubrimientos científicos del Renacimiento hasta Newton, se vio que la ciencia era la forma de de despejar el camino para llegar a un conocimiento real de la Naturaleza. En el sentido en que la ciencia era la manera en que la humanidad adquiría un conocimiento objetivo del mundo natural, se podía creer que dicho conocimiento redundaría en una relación menos oscura y dependiente con el mundo sensible en general (y así lo podían entender tanto lxs ilustradxs como Hegel o Marx). Pero además el dominio técnico nacido de un conocimiento racional proporcionaría el camino de desalienación práctica para la humanidad con respecto a la Naturaleza. La industria sería la generalización deliberada de esta idea. El proceso global provendría de esta nueva conquista histórica por la que la humanidad se imponía por fin sobre las fuerzas incontroladas del mundo físico.

Si la idea de emancipación social ha podido ser por completo sometida a la idea de progreso técnico o científico -hoy vemos sus consecuencias-, es porque todo el dominio del saber científico y tecnológico había sido sometido a la esfera de la industria dominada por inmensos poderes económicos de clase. Sin embargo, el hecho mismo de la mediación técnica -con todas sus alienaciones consustanciales dentro de un sistema industrial- pasó desapercibido. La economía capitalista ha podido servirse de la tecnología como un medio objetivo por cuanto en dicho medio encontraba un desarrollo de la racionalidad instrumental punto por punto: la industria servía progresivamente a las necesidades de la nueva sociedad a medida que éstas eran creadas por la misma industria. La producción de masas servía a la explosión demográfica incontrolada, el urbanismo concentracionario respondía a las necesidades de un mundo rural desbaratado, la división extrema del trabajo absorbía a la nueva clase trabajadora descualificada que se había creado a partir de la destrucción de sus comunidades y la pérdida de los antiguos oficios, la producción intensificada y uniformizada respondía a una sociedad movilizada para una guerra económica de dimensiones insospechadas. El desarrollo de los transportes  internacionales implicaba la división mundial entre países productores de materias primas y países industrializados, implicaba de hecho formas concretas de dominación imperialista y de mercados expansivos impuestos por la presión de las armas. La racionalidad industrial es la racionalidad que oculta la historia de la gestación de sus necesidades y efectos encadenados. Todavía hoy se cree que la industria es la única forma de combatir situaciones de miseria que llegaron con la industria (y que sólo se marcharán con ella).

La técnica sumada a los fines industriales se constituyó como una verdad de hecho incuestionable. Si se ha podido hablar de una dominación económica y política ha sido imposible abordar dicha dominación desde las estructuras impuestas por la racionalidad técnica: la irracionalidad residía, para muchxs, en el tipo de organización social al que respondía, pero no se alcanzaba a ver que en el modelo industrial y tecnológico estaban ya fusionadxs los modelos de explotación capitalista y sus estructuras de mando. Es desde ese aspecto como la industria refleja y sólo puede reflejar un modo único de apoderarse de las riquezas del mundo: imponiendo a la sociedad una racionalidad abstracta e instrumental, ahistórica, que pasa por encima de toda práctica concreta y diferenciada. La tecnología es entonces el límite de objetividad al que todxs se someten para probar su grado de adaptación a los criterios del mundo. Todo lo que queda por fuera de estos límites es desechado como inconsistente o perteneciente a una época novelesca. El sistema industrial y su ritmo absorbente es el orden que nadie puede detener, pues su marcha coincide con la marcha misma de los fines universales de la razón. No adaptarse a esta marcha significa morir bajo sus ruedas.

Pero cuando se aborda el problema de la tecnología industrial como un problema específico no es porque se abandone la cuestión evidente de la dominación económica de una clase sobre otra sino precisamente porque el grado de dominación tecnológica oculta el hecho de tal antagonismo en toda su profundidad: de tal manera los residuos ideológicos del Leninismo de hoy aceptan agradecidos todas las bondades tecnológicas y científicas que el capitalismo les impone, sin ver ahí la conclusión extrema de la explotación que padecemos (desde los dañinos programas de vacunación hasta la carne hinchada de antibióticos, pasando por la contaminación de plásticos, las redes de autopistas o las microtecnologías: todo es bueno para estxs sórdidxs charlatanxs de la sociedad opulenta). El desarrollo de las fuerzas productivas no conduce hoy a la emergencia de una clase revolucionaria que será la última, sino posiblemente a la fabricación en serie de una masa sin conciencia que rechazará su propia humanidad como algo inverosímil. El sueño Leninista pretendía invertir la base de la organización de la sociedad pero olvidaba, entre otros olvidos, que en dicha base no sólo se dan formas de expotación económicas sino también la expropiación de saberes empíricos, de experiencias y relaciones humanas y de prácticas concretas que, a largo a plazo, es lo que ha servido de sustento objetivo a la imposición sin restricciones de la leyes del mercado y el capital. El capitalismo industrial no sólo ha dominado la sustancia humana de generaciones enteras de trabajadorxs sometiéndoles a una explotación intensiva; después de doscientos años ha conseguido además construir todo un mundo cerrado en torno a necesidades técnicamente asistidas que el/la propix trabajador/a acepta como naturaleza incuestionable. Es evidente que la mayor parte de la izquierda acepta hoy también el catecismo progresista que el modelo capitalista ha impuesto a toda la sociedad.

Finalmente es necesario entender el primer asalto del capitalismo industrial como una manera catastrófica y falsa de apoderarse del mundo natural e introducirlo en la historia humana. El proceso de humanización del mundo natural -del que hablaba también Marx en los Manuscritos económicos y filosóficos- se convirtió justamente en el proceso contrario: la humanidad tomó de la naturaleza todo lo que en ella había de repetitivo e inamovible, de indiferenciado e informe, su facticidad mecánica que ninguna conciencia unifica, su materialidad ensimismada. El mundo industrial, donde la técnica actúa como mediación absoluta entre naturaleza y actividad humana, deviene justamente en un mundo impenetrable, reificado, donde el/la hombre/mujer apenas puede comprender la totalidad de las transformaciones que le rodean y mucho menos intervenir en ellas para modificar su rumbo. El mundo industrial adquiere los rasgos de una naturaleza desmitificada, ciertamente, pero igualmente deshistorizada y hermética, sometida a un tiempo uniforme y abstracto, donde toda actividad sensible y mental es dominada por un régimen cuantitativo implacable.

El escaso interés crítico por el carácter específico de la industria conlleva un nulo interés por la relación entre tecnología y lucha de clases. En las primeras fases de crecimiento del capitalismo industrial las tecnologías aplicadas al desarrollo de las fuerzas productivas se presentan a la sociedad como una imposición de signo negativo, como una realidad brutal qeu viene a soslayar todo el campo de relaciones y transformaciones ocurridas al mundo pre-industrial e incluso pre-capitalista. En un primer momento las masas de trabajadores y trabajadoras sufrirán las consecuencias crueles de la introducción de las máquinas. La máquina se manifestará a ellxs desde la perspectiva de la alienación realmente experimentada. Lxs obrerxs, aún impotentes para aglutinar su crítica, alcanzarán pronto un conocimiento adecuado del carácter alienador de la maquinaria, a diferencia de lxs ideólogxs del progreso, que sólo tendrán una visión abstracta de su utilidad dentro de un mundo de necesidades impostadas. Al experimentar el maquinismo como negación de su humanidad, lxs obrerxs llegan a vislumbrar el futuro no humano de todo crecimiento tecnológico aplicado al trabajo: la maquinaria y el sistema fabril constituyen el campo de lucha donde su capacidad de decisión y de apropiación va perdiendo terreno progresivamente. Al abandonar todo tipo de producción humanamente compartida, la misma fábrica se convierte en productora de un tipo de trabajador/a, el/la obrerx fabril, que es ya por completo dependiente del "mecanismo muerto" de la fábrica y de la división atomizada del trabajo. Las formas de expropiación de la actividad práctica y sensible del/de la trabajador/a mediante el sistema maquinista, culminan con el Taylorismo y la automatización total de los programas, con el diseño industrial de la producción organizado por las nuevas élites de técnicxs e ingenierxs.

Que lxs trabajadores y trabajadoras experimentaran empíricamente la maquinización como negación de su humanidad e incluso de su situación histórica concreta (lazos comunitarios etc...) no quiere que teóricamente se haya atisbado la necesidad de esbozar la oposición a este proceso de una forma sistemática y eficaz. Sin embargo, la lucha contra la tecnología expresa momentos importantes de la misma lucha de clases si entendemos ésta como el antagonismo extremo ya no entre Capital y Trabajo sino entre Capital y Sociedad humana en su sentido radical. La insurrección Luddita contra las máquinas (relatada por Kirpatrick Sale en Rebels against the future) o la revuelta de lxs Canuts de Lyon, obrerxs de la seda, en 1831 contra la precarización del trabajo artesanal causada por la industrialización, son momentos claros de esa lucha de clases. Los casos de sabotaje industrial ejemplificados por Pouget o la resistencia a la automatización teorizada por Noble, pertenecen al mismo orden de preocupaciones.

Lo que se desprende de estos ejemplos es que en sus primeras fases el industrialismo intentó por todos los medios posibles arrinconar a lxs trabajadorxs en los extremos más alejados de las formas de cooperación tecnológica con la producción de riqueza (en algunos casos, haciendo que el/la trabajador/a, como figura humana, se hiciera indistinguible de los mecanismos en los que participaba como una pieza más. De esa manera, se trataba de que la aportación humana fuera del todo controlable y reemplazable. El componente humano tenía que adaptarse a las inercias de un sistema inmenso de dependencias maquínicas, sistema que una vez puesto en marcha arrastraba consigo toda posible justificación de su movimiento sin fin.

Si la industria no había conseguido suprimir la relación alienada del/de la hombre/mujer con la naturaleza, mucho menos había conseguido desatar los lazos alienantes que ligaban a la sociedad con todas sus formas de autoritarismo y dependencias económica. La abundancia producida industrialmente no podía ser reapropiada socialmente en el momento en que era la producción industrial la que creaba la misma condición de posibilidad de esa abundancia: la desintegración entre comunidad y técnica y mas allá la ruptura entre ambas, que la sociedad debía aceptar como presupuesto natural, ahistórico.

Es evidente que la utopía tecnológica actual oscurece toda posible comprensión acerca de los fenómenos catastróficos  que genera. Su victoria, de ser completa, irá acompañada de un vasto silencio en torno a las raíces de sus males. Pero la confusión reinante no podrá ocultar la visibilidad de éstos. A medida que se van consumando los procesos de destrucción, de desequilibrios incontables y de desórdenes dentro de la interacción humana con la naturaleza, el mismo desarreglo de esta interacción produce su propia falsa crítica en forma de reparaciones provisionales permanentes y tentativas retóricas. Proliferan lxs expertxs en riesgos industriales, laborales, medioambientales; crece la falsa representación de que ante un mayor riesgo siempre es posible levantar un mayor control. Se aspira al perfeccionamiento mediante la capacidad de anticipar las catástrofes. Pero este perfeccionamiento, aunque se quiera ignorar, es ya una gran catástrofe.

La huida hacia delante del mundo industrial no tiene otrao pción que seguir apostando por la clausura de su círculo vicioso: necesita desesperadamente reproducir una solución novedosa al lado de cualquiera de sus siempre renovados efectos nocivos. Pero representando siempre esa clausura como resultado de la objetividad y neutralidad de la ciencia. No hace muchos meses (N. del blog: Tener en cuenta que el texto fue publicado en Marzo del 2002), el vicepresidente de Monsanto, interrogado acerca de la posible introducción de los productos modificados genéticamente en España, respondía: "España y el Reino Unido son los países europeos que han abordado la cuestión de una manera más científica". Es así como uno de los últimos eslabones de la dominación industrial, la modificación genética de los organismos, justifica la implantación forzosa de sus sucedáneos: tenemos que aceptar que la pasividad y la indiferencia se corresponden con un respeto escrupuloso por la objetividad científica. Pero además, pretenden hacernos creer que, aún existiendo algo ya tan discutible como una objetividad científica, ésta pueda todavía ser elegida libremente por aquellxs que padecerán sus aplicaciones industriales. La sociedad cerrada de la tecnología industrial no tiene más remedio que profundizar la ruptura con sus formas críticas, emanciparse de toda verdad que pueda cuestionar la naturaleza de su modelo, negar toda posible realidad exterior a su avance. La clausura del mundo industrial coincide precisamente con el diseño positivo de formas de vida que causan una apariencia niveladora y uniforme de lo social, mientras proletarizan todos los aspectos reales de sus bases.

El mundo industrial ha proyectado pues su propia utopía: si en el pasado tuvo que abrirse paso mediante la ruptura con todo su mundo anterior, hoy las huellas de ese mundo han sido borradas y por todos lados se impone la necesidad de traer al presente todo aquello que el pasado negó a la humanidad, ya fuera por un progreso desigual o por un desarrollo asimétrico de los modos de producción. Si para algunxs el capitalismo avanza arrastrando consigo, inevitablemente, los bienes de la civilización, para otrxs, supuestamente contrarixs a tal avance, se trataría de apoderarse de tales bienes cuyo contenido y diseño no se discute. Para ambxs cuenta la aceptación en bloque de una utopía fnudada en el mecanismo sin vida y sin historia que domina un mundo en el que no es posible la intervención humana.

La utopía tecnológica e industrial triunfa hoy no sólo afirmando determinados modos de producción de bienes o de energía, sino estableciendo sobre todo un modo de existencia cerrado en torno a intermediaciones técnicas que afianzan la explotación económica a través de la expropiación de toda vida e historia, destruyendo toda comprensión y capacidad de respuesta. Paraque, en su conjunto, la sociedad de los países "desarrollados" pueda creerse en posesión de una nueva forma de independencia ha sido preciso borrar todo trazo de verdadera autonomía -que se hace posible mediante un saber más directo del medio y menos centralizado- imponiéndose un modelo de dependencia generalizada de megaestructuras tecnológicas y de masivas extracciones de energía. El/la habitante de una gran urbe actual que cree tener "todo a mano" no puede ignorar que su precario sistema de vida depende de una cadena de mediaciones tecnológicas que impediría su comprensión más allá del segundo o tercer eslabón; tampoco puede ignorar que el sistema energético del que se sirve no existe para cubrir su necesidad particular, sino que es dicho sistema, por su carácter masivo creado a partir de beneficios no mediados socialmente, el que ha creado la forma particular de dicha necesidad, asií como su existencia aislada y la forma asocial de ese aislamiento.

La utopía del capitalismo industrial como sistema de explotación y expropiación pretende haber triunfado al imponer un modo determinado de racionalidad histórica: todos los pueblos se han plegado a ella. La aldea-factoría de software, New Oroville, en India, creada recientemente es otro ejemplo de ello: "La construcción de New Oroville o "Cyberabad", como ya se la conoce, está previsa que finalice en el año 2005" (...) "vivirán allí 5000 empleadxs y sus familias en una serie de bóvedas ultramodernas que, además de las oficinas, albergarán otros servicios, como un centro recreativo, tiendas y una piscina olímpica" (Revista Ciberp@ís, 31 de Enero de 2002). Estas pseudocomunidades ultradependientes son la imagen invertida de una sociedad autónoma. Es necesario que en ningún lugar del planeta se pueda contemplar ya un rasgo exterior al mundo de necesidades tecnológicas que lxs especialistas se apresuran para completar. Es necesario que todo juicio crítico e histórico se pierda en el tráfico de informaciones adulteradas. La utopía del mundo industrial supone la ruptura con un mundo de necesidades socialmente comprendidas: luchar contra una utopía tal supone por tanto emprender de nuevo la tarea de reconstruir dichas necesidades sociales para romper el cerco de la miseria industrial.