"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

martes, 28 de junio de 2011

Psiquiatría, el tratamiento forzoso como una forma de violación y algunas reflexiones.

El siguiente texto es un extracto de "Drogas psiquiátricas, ¿medicina o curanderismo?", un aporte de Lawrence Stevens al debate sobre la ineficacia y rol contraproducente que desempeña la medicina psiquiátrica actualmente. El documento íntegro es interesante y podéis leerlo aquí. Lawrence Stevens es abogado y uno de los campos más destacables de su trabajo es el de representar en juicios a personas que por culpa de un tratamiento psiquiátrico determinado, han sufrido graves consecuencias de carácter irreversible.

En el texto a continuación, el autor realiza una acertada aunque probablemente polémica analogía entre la coacción y la violencia para forzar el suministro de las dósis de drogas psiquiátricas a pacientes que no las necesitan en la gran mayoría de los casos (o que en caso de necesitarlo, lo que necesitan es una verdadera solución y no vomitivas pastillas que mutilen más su ya demacrada mente) y los casos de agresiones sexuales y violaciones a individuas de sexo femenino, tanto mujeres adultas como jóvenes adolescentes. En fin, aquí os dejo el texto:

El tratamiento psiquiátrico forzoso es como una violación:

La administración de medicamentos psiquiátricos (o un llamado tratamiento de electroshock) es una especie de tiranía que puede compararse, física y moralmente, con la violación. Comparemos la violación sexual con la administración involuntaria de una medicina inyectada intramuscularmente en las nalgas, que es donde suele darse. Tanto en la violación sexual como en la administración involuntaria de drogas psiquiátricas, la fuerza es usada. En ambos casos, los pantalones de la víctima se bajan. En ambos casos, un tubo es insertado en el cuerpo de la víctima contra su voluntad. En el caso de la violación, el tubo es el pene. El caso de lo que podemos llamar violación psiquiátrica, el tubo es la jeringa. En ambos casos un fluído es inyectado en el cuerpo de la víctima contra su voluntad. En ambos casos se encuentra en, o cerca de, la parte trasera. En el caso de la violación, el fluído es semen. En el caso de la violación psiquiátrica, el fluído es Thorazine, Prolixin u otra droga inhabilitante del cerebro. El hecho es que la invasión corporal es similar en ambos casos (si no es que peor en el caso de la violación psiquiátrica como explicaré en breve) y así es percibido en la mente de la víctima de cualquiera de estos dos asaltos. Como dijo el profesor de psiquiatría Thomas Szasz: “La violencia es violencia independientemente de si la llamamos tratamiento de una enfermedad mental”. Algunas personas no hospitalizadas (es decir, encarceladas) son forzadas a reportarse a un doctor para recibir inyecciones que actúan sobre un largo período, como Prolixin, cada dos semanas bajo amenaza de encarcelamiento (“hospitalización”).

Pero ¿por qué es peor la violación psiquiátrica que la sexual?. Como dijo el cirujano I.S. Cooper en su autobiografía: "Es tu cerebro el que ve, siente, piensa, ordena y responde. Tú eres tu cerebro. De trasplantarse a otro cuerpo, tu cerebro mantendría tus memorias, pensamientos y emociones. Seguiría siendo tú mismx. El cuerpo nuevo sólo sería una vasija; el cerebro te llevaría a un lado y a otro. Tu cerebro eres tú." (El examen vital: mi vida como cirujano del cerebro, Norton & Co., 1982, p. 50, énfasis en el original).

La parte más esencial e íntima de tí no es lo que tienes entre tus piernas, sino lo que tienes entre tus orejas. Un asalto al cerebro de una persona como un “tratamiento” inhabilitador (como drogas psicoactivas, electroshock o psicocirugía) es más íntimo y moralmente más horrible que la violación sexual. Además hay otra razón por la que, en términos morales, la violación psiquiátrica es peor que la violación sexual: causa lesiones permanentes en el funcionamiento cerebral. En contraste, en términos generales, las mujeres se encuentran con una vida sexual funcional después de haber sido violadas (sufren de daño psicológico, pero también lo sufren las víctimas del asalto psiquiátrico). No se vaya a creer que estoy menospreciando el trauma de la violación sexual. De hecho, he asesorado a mujeres asaltadas sexualmente como abogado y sé que cada una de la media docena de mujeres que conozco que han sido violadas posteriormente han tenido una vida sexual normal y en la mayoría de los casos se han casado y formado familias. En contraste, los cerebros de aquellxs sometidxs a asaltos psiquiátricos no son tan funcionales como antes debido al daño físico que les ha hecho el “tratamiento”. En un talk-show televisivo de 1990, Jeffrey Masson dijo que espera que lxs responsables de tales “terapias” lleguen un día a enfrentar un juicio de Nuremberg (Geraldo, 30 noviembre 1990)."

La medicina psiquiátrica, lejos de ayudar a curar la esquizofrenia o de lograr que personas con problemas para dormir concilien el sueño (por poner ejemplos de algunas aplicaciones de ésta), actúa como simple inhibidora de la capacidad del/de la individux paciente de pensar y valerse por sí mismx, bloqueando el funcionamiento del cerebro en una medida que varía según el fármaco o el tratamiento dado. De este modo, podemos concluír que ésta "medicina", producto de mercachifles de la salud sin escrúpulos, no actúa suprimiendo el problema, sino anulando sus efectos con diques químicos que terminan siendo mucho más destructivos para el dia a día de la persona en tratamiento que la propia dolencia que originó la receta del citado medicamento.

No obstante, no es de extrañar pues vivimos en un mundo psiquiatrizado, una institución mental de dimensiones gigantescas y al aire libre en el que despojadxs de todo sentimiento sincero y sometidxs a una no-vida frustrante, insatisfactoria y vacía, hemos asumido como "normal" lo que se muestra como irracional, injusto e insoportable. La normalidad es la enfermedad mental menos diagnosticada de la historia y al mismo tiempo, la más común. Éso debería dar qué pensar a más de unx.

Decía un pintor sordo de un oído, "Dichosxs lxs normales, esxs seres tan extrañxs" (Van Gogh).

Veamos también este fragmento hablando de la psiquiatría:

"Nada ha dañado más la calidad de vida individual en la sociedad moderna que la errada idea de que el sufrimiento humano se deriva de causas biológicas y genéticas y que puede ser rectificado tomando medicinas o terapia de electroshock. Si yo quisiera arruinar la vida de alguien, lx convencería de que la psiquiatría biologista tiene la razón; de que las relaciones humanas no significan nada, de que el libre albedrío es imposible y de que la mecánica de un cerebro descompuesto reina sobre las emociones y conducta. Si quisiera estropear la capacidad de un/a individux de crear relaciones empáticas y amorosas, le recetaría medicinas psiquiátricas: todas aplanan nuestras más altas funciones psicológicas o espirituales" (Prefacio de Peter Breggin en Realidad terapéutica en acción por William Glasser).

A continuación y ya para terminar me gustaría adjuntar un extracto del libro "Huye, hombre, huye. Diario de un preso FIES", por Xosé Tarrío y en el cual se explica un claro caso de medicación forzosa a un preso de la cárcel de Teixeiro por parte de carceleros y de un médico que ni tan siquiera merece el apelativo de gusano.

"Las ventanas de las celdas se encontraban a tan sólo un metro del suelo. En una de ellas había un hombre. Me acerque a su ventana y le llamé, golpeando en el cristal de la misma.

– ¡Hola! –le saludé–,¿quién eres?

– Me llamo Javier, ¿puedes darme un pitillo?.

– Ahora no tengo, pero después me traerán con el economato y te pasaré algo. Bueno, voy a ducharme. Luego hablamos.

Después de una buena ducha, salí al patio, en el cual se encontraba Javier paseando. Me uní a él en el paseo. Me presenté:

– Yo me llamó José, aunque aquí me conocen más por Che.

– Sí, he oído hablar de ti.

– ¿Por qué te tienen aquí? –le pregunté.

– Cayó una bola con droga en el recinto y salté al mismo a recogerla.

– ¿Y el guardia civil? –indagué.

– No está. La garita está en obra hace unos días.

“¡Cojonudo!”, pensé.

– Dime, ¿por qué andas así, encorvado?

– Es que cada quince días me ponen una inyección de lagartil y me dejan tirado unas semanas. Pero ya se me está pasando.

Tenía la mirada vacía. En sus ojos se adivinaba un principio de locura, una enajenación progresiva que dañaba el conjunto de su personalidad seriamente. Lo estaban convirtiendo en un despojo humano a base de inyecciones y sesiones continuadas de aislamiento. Aquel hombre necesitaba ayuda, y compañía; no cadenas y soledad. A pesar de mi carácter reservado y huraño, a menudo indiferente, me interesé por él y por sus circunstancias.

– No te pongas más inyecciones–le aconsejé.

– ¡Ya! –me respondió mirándome a los ojos–. Una vez me quise negar y me la pusieron por la fuerza, después de darme una paliza.

– No sé, Javier, pero como continúen poniéndote éso, acabas en un psiquiátrico.

– Ya lo sé…

Continuamos saliendo juntos todos los días al patio. Lo habitué a hacer gimnasia conmigo, conminándole a jugar al frontón. Luego nos duchamos y nos paseábamos por el patio, bebiendo algún que otro café que nos dejaba el economato. Mi compañía le ayudaba y su cerebro comenzaba a funcionar con normalidad. Se recuperaba, mostrándose lúcido en las conversaciones que manteníamos a diario.

Una mañana surgieron problemas con mi amigo Javier. Varios carceleros, acompañados del medico, vinieron a ponerle una inyección y, tal y como habíamos acordado, se negó a ponérsela. Le amenazaron con hacerlo a la fuerza, e intervine.

– ¿Qué pasa Javier? –le pregunte, acercándome a la garita del patio donde discutía con el medico.

– Qué quieren ponerme un inyección y yo no quiero.

– Oiga –dije, dirigiéndome al médico–, el chaval está perfectamente. Lleva una semana haciendo deporte conmigo y no necesita mierda de ésa.

– Usted no se meta, Tarrío. El medico soy yo, y yo dictamino si le hace falta una inyección o no.

La facilidad con la que aquel bastardo con titulo de medico licenciado en Psiquiatría decidía sobre la salud y la vida de mi compañero me hizo montar en cólera. Era inaceptable.

– Mira baboso –le advertí a través de la ventana–, si se te ocurre entrar en el módulo, te asesinamos. Y eso también va por vosotros– añadí dirigiéndome a los carceleros. No entraron pero fueron a avisar al jefe de servicios, el cual se presento en el módulo a hablar con nosotros.

– Tarrío –me dijo– ¿ya empezamos?

– Mira, ni yo ni mi compañero nos hemos metido con nadie hasta que han venido ésos a amenazarle con ponerle una inyección por la fuerza– le dije señalando al medico y a los carceleros.

– A ver, Javier, ¿quiere usted ponerse la inyección o no? –Le preguntó.

– No, me encuentro bien así.

Ante aquella confirmación el jefe de servicios hablo con el médico y éste, finalmente, sustituyó las inyecciones por tranquilizantes en capsulas. Habíamos dado un paso importante en su recuperación."

Ésto evidencia otro de los turbios papeles que desempeña la medicina psiquiátrica en esta sociedad, actuando como instrumento de control social e incluso como una herramienta represiva tan discreta como cruel, camuflando el dolor, la agonía y la destrucción lenta y progresiva de las personas de "magnánima y benevolente terapia".

Vosotrxs sois la enfermedad, farmacéuticas asesinas, ¡¡STOP VENENO!!.