"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

viernes, 24 de junio de 2011

¡¡Condenamos la condena de la violencia!!

Texto extraído de Revista Anarquista Abordaxe (en galego, aquí) y traducido a castellano.

Anarquistas contra el papanatismo

¿De verdad se puede ser tan memx como para no darse cuenta de que es totalmente absurda la condena, así sin más, de toda la violencia?, ¿acaso no vemos que la violencia está ahí, nos guste o no, que forma parte inseparable de la vida?, ¿no nos damos cuenta de que no es sino mediante la violencia que lxs animales, incluyéndonos a nosotrxs mismxs y a nuestrxs antepasadxs homínidxs, se proveían de comida, abrigo y seguridad?.

Incluso sin entrar en la pantanosa problemática de qué es y qué no es violencia, puesto que atendiendo a una definición estricta en base a las leyes de la física encontramos que el acto de golpear un clavo con un martillo es un acto claramente violento, la condena general de la misma es una posición tan pueril y absurda como peligrosamente borreguil y sumisa. La propia democracia que tanto llena las bocas de lxs modernxs revolucionarixs de zapatillas y albornoz, no trabaja en la eliminación de la violencia, absurdo sin sentido, sino en la monopolización de la misma por parte del Estado. Pericles, Jefferson, Rousseau o cualquier otrx padre/madre fundador/a del actual sistema político tenían ésto bien claro y jamás osaron cuestionar el hecho indiscutible de que la democracia necesita utilizar la violencia y la coerción como herramientas imprescindibles y consustanciales a su existencia. Otra cosa es la legitimidad que ellxs pudieran otorgarle al Estado para sustentar tan violento monopolio.

Lo que aquí está sucediendo realmente es que un puñado de políticxs sin escrúpulos y sus lacayos de los medios de manipulación de masas consiguieron convencer al gran público de que la violencia ejercida desde el Estado no es violencia y sólo se puede considerar de tal manera aquella que se ejerce desde fuera del sistema de dominación.

De este modo, el/la guardajurado que defiende el producto del expolio capitalista, aún armado con porra y pistola, no es un/a adalid de la violencia, mientras que sí que lo sería aquel/lla que pretendiese sustraer lo que el/la primerx custodia.

Hasta tal punto llegó la retorcida pirueta dialéctica de lxs filósofxs de la no-violencia que ya no sólo es violencia la agresión contra las personas, sino que también cualquier pérdida material o económica que lxs poderosxs pudiesen sufrir es considerada como tal, alcanzando el sinsentido de que la palabra sea usada como sinónimo de ilegalidad.

Por supuesto el sueldo de miseria que recibe un/a asalariadx de su adineradx patrón no se considera violencia; ni la muerte de un/a subsaharianx en el estrecho, tratando de sortear las barreras que interponemos entre su miseria y nuestra abundancia; ni el hecho de que un hombre/una mujer pobre pase su vida privadx de libertad por intentar abastecerse sin permiso de lo que a otrxs les sobraba. Esas cosas no son violencia, no, pero si que lo es el hecho de reducir a añicos la cristalera de uno de esos bancos que sumieron al mundo en una gigantesca crisis, o responder de forma activa y natural (pues todxs lxs animales se revuelven ante la agresión) a las cargas de los cuerpos represivos, títeres a las órdenes de esxs políticxs corruptxs que tanta indignación nos producen pero que son lxs únicxs a lxs que les atribuímos el derecho de monopolizar la fuerza y el poder

Desengañémonos, no se puede ser demócrata y condenar la violencia pues la democracia descansa sobre un colchón de policías, jueces/zas y militares legitimadxs para administrarla en beneficio del status quo; del mismo modo que cualquier sistema de gobierno ou de desgobierno, se verá en la necesidad de emplear la fuerza de un modo u otro, le guste o no a lxs pacifistas de turno.

Las condenas a "todo tipo de violencia", así como la perversa confusión de la "ilegalidad" con la misma no son sólo un hecho ridículo y un concepto demagógico y torticero sino que son una infiltración intencionada, promovida por el Estado, en los valores de la disidencia.

¿Por qué si no lxs políticxs, así como lxs esbirrxs de los medios de desinformación no se cansan de repetir que está muy bien la protesta pacífica pero que la violencia no se puede consentir?, ¿por qué el destinatario de la protesta se empeña en decidir cuál debe ser el modo adecuado de protestar?, pues obviamente porque al Estado le interesa que esa protesta discurra de modo inocuo para sus intereses porque intenta evitar a toda costa que el descontento se convierta en una revuelta que dañe sus negocios y cuestione su liderazgo. Mientras la indignación transcurra por los cauces establecidos lxs gobernantes mantendrán el control de la situación, no peligrarán sus intereses económicos y, por encima de todo, mantendrán su actividad y sensación de legitimidad. Con sus histéricos llamados a la calma sólo tratan de evitar que la protesta cumpla su objetivo, pues cuando aquel/lla contra quién protestas te explica cómo tienes que hacerlo, ya sabes cuál es el mejor modo de no conseguir nada.

No pretendo tampoco hacer desde aquí una crítica absoluta de la no-violencia ni mucho menos, la no-violencia como táctica puede ofrecer muy buenos resultados en un momento concreto de la lucha social. Lo que pretendo criticar es la no-violencia como posicionamiento moral y filosófico, esa no-violencia excluyente y casi religiosa, negadora de cualquier otro método de lucha, con la que el poder pretende desactivar el movimiento crítoco. Pretendo criticar la estrechez de miras de lxs que piden el aplauso de la policía (en el ejercicio de su violenta función) y la delatación de lxs encapuchadxs que hacen una pintada, hecho éste (el del chivateo) mucho más violento que un millón de escaparates reventados.

La aceptación del monopolio Estatal de la violencia es la negación de la capacidad del pueblo a la autodefensa contra la misma, así como la negación del legítimo derecho a la destrucción de los símbolos y herramientas de nuestra opresión. Éso le otorga al poder reconocimiento por nuestra parte de su superioridad moral para dirigirnos y a la autoridad para reprimirnos. Si nosotrxs aceptamos las reglas del juego como siempre ganará la banca.

Si el poder consigue dividir la disidencia entre pacíficxs y violentxs, haciendo que lxs primerxs censuren a lxs segundxs y convirtiendo a unxs en voluntarixs policías de lxs otrxs, la lucha se perderá antes incluso de haber comenzado. No es de recibo que un movimiento de protesta ponga por encima la crítica a otros métodos de lucha antes que la crítica al poder, que la mayoría de lxs disidentes le den más legitimidad a la violencia de los cuerpos represivos que a la respuesta de sus compañerxs contra la misma, pues éso significa que el sistema consiguió vacunar la protesta contra su propia capacidad de cambiar las cosas. Para éso casi es mejor no protestar.

Que cada unx proteste como quiera pero que tenga mucho cuidado de decirle al resto cómo tiene que protestar ya que si no le estará haciendo al poder el juego sucio.