"A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente" Severino Di Giovanni.

martes, 11 de enero de 2011

Xosé Tarrío, un desobediente asesinado por la cárcel.

Me gustaría contar brevemente la historia de Xosé Tarrío, cuya muerte cumplió su infame 6º aniversario recientemente y además, creo que es válida como ejemplo para explicar cómo la cárcel puede matar a un hombre. Xosé Tarrío es un histórico preso anarquista que falleció en el hospital intentando recuperarse del daño que terminó de causar en él el campo de exterminio de Teixeiro, en el año 2005 aunque no fue ésta su única desdicha. Escritor del libro "Huye, hombre, huye: diario de un preso FIES", Xosé Tarrío nace en 1968 en A Coruña, en el conflictivo barrio de Kananga. Su padre era un borracho y un maltratador que martirizaba a su madre, que tenía serios problemas para trabajar y mantener ella sóla a sus 5 hijos. A los once años, por los problemas familiares causados por la conducta de su padre, es internado en un colegio del Opus Dei, del que se escapará dos veces debido al autoritario y ultrarreligioso carácter de los profesores, muy dados a las palizas y el castigo físico. Tras ser retirado del colegio, con catorce años, comienza a realizar pequeños robos para intentar ayudar a su familia que lo conducirán al reformatorio de Palavea un total de doce veces, huyendo las doce y continuando con posterioridad con sus pequeños robos que terminarán por enviarlo por orden judicial al Reformatorio Especial de Educación y Orientación, donde permanece hasta los dieciséis años. Sale y continua con sus acciones para poder sobrevivir, sumando a ésto la lacra de su caída en el triste mundo de la droga a la temprana edad de 17 años, con su familia emigrada en Suíza (aunque posteriormente volverían a Coruña) y siendo éstos unos años de serias dificultades para él de las que desgraciadamente no encuentra otra forma de evadirse. Es detenido tras un pequeño robo y condenado a 6 meses de prisión por el juez, que cumple íntegros al no poder pagar la multa. Tras salir de su encierro, pasa otro año malviviendo para volver a la cárcel a cumplir otra condena de dos años, cuatro meses y un día por un robo sin violencia y será tras ésta condena cuando su infierno comience.

Al poco de ingresar, su tío, que conoce la adicción del joven a la heroína, le recomienda encarecidamente que se haga las pruebas médicas para comprobar si tiene SIDA y tras descubrir que sí, el joven se derrumba. Tardará varios años en decírselo a su madre, a la que ama y estima siendo ella la única figura que le dió cariño cuando era un niño, pero Xosé ya sabía que aquella era su sentencia. Con poco más que la mayoría de edad, con SIDA, adicto a la heroína y con toda una vida de palizas, odio y exclusión que habían convertido su corazón en un cúmulo de resentimiento y rabia hacia la suci... digoo, sociedad del bienestar.

Pero lejos de terminar ahí sus problemas, al poco tiempo recibe la dolorosa noticia de la muerte de su primo al que él apodaba Lute, con el que Xosé tenía un fuerte lazo. Aún no se había recuperado de esta muerte y cuando llevaba todavía un año en prisión, su corazón es acuchillado de nuevo cuando se entera por un amigo suyo que su compañera sentimental, de nombre Isabel y de tan sólo 17 años de edad, se había matado en un accidente de moto. Hundido, apenas encuentra una sonrisa para conocer al que será el 6º de lxs hermanxs, Marcos, que nace mientras él está en prisión y al que Xosé verá por primera vez a través del gélido cristal del locutorio de la cárcel.

Xosé ya no encontraba razones para seguir en este mundo pero todavía guardaba un fuerte apego por aquellxs que verdaderamente consideraba sus amigxs. Un día, un preso de la cárcel que tenía fama de navajero, desafió tras un leve choque a Lolín, gran amigo de Xosé en la cárcel, a un duelo de navajas y Xosé, que conocía la reputación del adversario de su amigo, intentó advertir a éste pero Lolín no le hizo caso. Xosé conocía al otro preso porque ya había acuchillado a otro amigo suyo en la cárcel de Teruel, algo por lo que Xosé le guardaba un fuerte rencor. Por éso, un día en el que coincidió en el patio con el preso en cuestión, Xosé le propinó un navajazo en el estómago con la intención de llegar a las tripas, a fin de no causar una herida demasiado grave pero poder salvar a su amigo (Xosé mismo pidió a un amigo suyo más adelante que lo acuchillase en el estómago, sabiendo que no moriría y sería así trasladado al hospital, donde intentaría una fuga). Sin embargo, los nervios le juegan una mala pasada a Xosé que accidentalmente, clava la navaja alcanzando la aorta abdominal y mata a su víctima. 

Es juzgado y el juez no tiene piedad, desestimando la alegación de Xosé que afirma que no pretendía matar a su víctima y aprovechando para sumar al cargo de homicidio, todos los atracos anteriores cuyo juicio había quedado pendiente al entrar en la cárcel. Al final, Xosé se junta con una condena que roza los 200 años.

Paradójicamente, ésto fue para Xosé un soplo de confianza en sí mismo y decide recuperar el ritmo de su propia vida. Xosé tras un duro esfuerzo abandona una por una todas las drogas, desde la heroína hasta el alcohol e incluso el tabaco. Coge el hábito de realizar ejercicio físico diariamente y comienza a interesarse por la conciencia política, aprovechando las visitas para pedir a sus amigxs y familiares que consigan los títulos por los que siente curiosidad. A pesar de que en un comienzo se inclina hacia el independentismo gallego Marxista-Leninista, termina por adquirir una fuerte convicción anarquista, que reflejará luego en su libro "Huye, hombre, huye: diario de un preso FIES", sin duda, un duro testimonio que refleja de primera mano la dureza de la vida en prisión para alguien como Xosé y es sin duda uno de los más representativos, no distinguiendo Xosé en ningún momento de presxs políticxs y presxs comunes. Ésto lo convirtió en un claro ejemplo de lucha anarquista contras las cárceles.

Llevaba 16 años de talego (interrumpidos sólo 3 días por una audaz fuga de Xosé y su amigo Redondo, en la que por cierto, tras tenerlos a su merced, se apiadaron de 2 guardias civiles que habían sido heridos en un tiroteo con éstos, perdonándoles la vida), cuando sin comerlo ni beberlo, vió todas sus condenas reducidas a una sóla de 20 años y como Xosé llevaba ya cumplidas las tres cuartas partes, salió libre.

Una vez en la calle, Xosé decidió vivir en consecuencia con las ideas con las que se había identificado leyendo en la cárcel y tras pasar por el colectivo anarquista "La oveja negra", el único de Coruña, se mueve por todo el Estado colaborando aquí y allá con varias organizaciones autónomas dejando claro que no le gustaba encasillarse en ningún grupo y prefería colaborar con todos los que podía, demostrando una militancia y compromiso admirables.

Su salud era brillante y parecía un hombre nuevo cuando la adversidad volvió a llamar a su puerta. Poco a poco, la relación con su nueva compañera sentimental mostró su resentimiento por la tensión que ésta venía arrastrando al comenzar bajo estricta vigilancia. Finalmente se rompió tras dos años de relación y Xosé, vió cómo todxs sus amigxs de la infancia y de sus últimos años en la calle habían terminado a su vez en prisión o habían muerto, víctimas del mismo abrazo de la muerte del que él había logrado escapar. Muchas fueron por aquel entonces las familias rotas y las generaciones perdidas entre veneno y jeringas en el coruñés barrio de Kananga. A causa de ésto, Xosé termina estrechando buenas amistades con chavales bastante más jóvenes que él y que a pesar de que también lo aprecian, no pueden comprender el fuerte dolor que ha marcado su alma a fuego pues no podían entender lo que se siente tras 16 años de talego, 11 de aislamiento y 9 de régimen FIES y menos, si sumamos a ésto todas las hostias que la vida dió a Xosé tanto antes de la cárcel con las palizas que su padre les daba a él y a su madre y el maltrato tanto físico como psicológico del colegio, el fuerte impacto del reformatorio con tan sólo 11 años y la droga con 17 como dentro de ella, con la muerte de su primo y de su compañera sentimental así como lo sufrido tras la condena, de saber que muchxs de sus amigxs habían muerto y el tener que afrontar una vez más la soledad al romper con su actual pareja. No podían, ningunx de nosotrxs puede, yo sólo puedo contar su historia pero para comprender la agonía que oscurecía lo más profundo de su corazón, es necesario padecer lo que él había padecido.

Tanta adversidad tuvo un duro efecto en la moral de Xosé, que fue minada por completo y terminó por engancharse de nuevo a la droga, en este caso, la cocaína, una vía de escape de relativamente fácil acceso en el lado oscuro de las calles cuando quieres dejar atrás tu alrededor, generando una vacía felicidad química que termina por destruírte.

Debido al cada vez más intensivo consumo de esta sustancia, la salud de Xosé, ya delicada por el SIDA, se resiente fuertemente y sufre una extrema pérdida de peso además de volverse reservado y encerrarse en sí mismo. En ésta situación es detenido nuevamente por la policía nació-mal y llevado a dependencias policiales donde se le retiene acusado de tres robos. Durante los tres días que pasa en los calabozos, Xosé sufre duras torturas por parte de los agentes, que lo fuerzan a reconocer su culpabilidad en los robos que él no había cometido pues como ha verificado su madre varias veces además de varixs vecinxs que lo habían visto, Xosé se encontraba comiendo con ella cuando dos de los tres robos que se le imputaban tuvieron lugar. Los interrogatorios además, se limitaban a sonsacar a Xosé, haciendo uso éso sí de sus siempre democráticos métodos de intimidación y violencia, información acerca de las organizaciones anarquistas con las que había mantenido contacto y las actividades de éstas, obviando por completo el tema de los robos por el que se suponía que se encontraba detenido. La policía causó a Xosé un corte en el brazo que fueron necesarios 60 puntos de sutura para cerrar y que al coger al filo de la vena del brazo, hizo que perdiera mucha sangre. A pesar de ésto, lxs agentes dijeron que el corte se lo había hecho él al autolesionarse y en lugar de llevarlo al hospital, avisaron a un "enfermero" que acudió a comisaría para hacerle una chapuza de mala muerte en el brazo.

La mala fé de lxs perrxs del sistema quedó manifestada en el juicio en el que una testigo reconoció que los policías acudieron a su tienda a enseñarle una única foto de Xosé preguntándole directamente si se trataba del atracador y ella, les dijo que sí a pesar de que Xosé tenía 36 años y ella había reconocido anteriormente que el atracador aparentaba "veintipocos". Decir que es ilegal esta práctica, la de llevar una única foto en lugar de mostrar lxs principales sospechosxs. Además, los polis que llevaban la investigación no acudieron al juzgado a pesar de ser llamados varias veces por la jueza.

A pesar de todas las irregularidades y lagunas presentes en el caso, la jueza declaró culpable a Xosé de los 3 robos y le cargó diez años y medio de condena algo que fue un duro golpe para la ya destrozada moral de Xosé que tras salir del infierno, veía cómo se precipitaba de nuevo hacia él sin remedio.

Más adelante, 28 de Junio del año 2004, Xosé sufrió un infarto cerebral en la enfermería de la cárcel de Teixeiro donde, sea dicho de paso, lo habían diagnosticado de gripe que se había visto agravada por el SIDA, y ésto lo lleva al hospital Juan Canalejo de A Coruña, donde ingresa para, tras una leve mejoría regresar a la cárcel de Teixeiro. Pero su salud no tarda en volver a caer en picado y es excarcelado y devuelto al hospital donde ingresa con la mitad del cuerpo paralizada, problemas para mantener el conocimiento y una pérdida del habla. A pesar de que se le concederá la libertad condicional, Xosé nunca más volverá a salir del hospital. Entra en coma profundo el 20 de Octubre y finalmente, muere el Lunes 3 de Enero del 2005 por una parálisis cerebral.

Xosé es hoy un símbolo de la lucha anarquista contra las cárceles y un ejemplo de cómo un alma rota por la vida puede en determinados momentos, encontrar la fuerza para seguir luchando, luchando por encontrar un poco de luz en el infinito oscuro que es la cárcel. Sí, sí amigxs míxs, de éso murió Xosé. No fue de un infarto cerebral, no fue de gripe, no fue de SIDA. Fue de pena. Xosé Tarrío murió de cárcel. Así se llamaba su enfermedad, cárcel. Pena, dolor, rabia, odio, absurdo, silencio, palizas, golpes, marginación, exclusión, drogas, soledad, encierro, muerte. Ésa fue su vida, la vida de un niño maltratado que intentó sobreponerse a las dificultades saltándose la ley, aprendiendo desde muy pequeño que obedecer no siempre garantiza la piruleta.

Xosé Tarrío, aunque no tuve el placer de conocerte, hoy mi corazón grita por tí, por tí va lo del sábado. Quiero dejar clara una cosa y no exageraré al decir que las lágrimas de rabia y pena que ahora mismo cruzan mis mejillas, no son producto de saber que jamás podré discutir sobre anarquía con Xosé. No. Si estoy llorando ahora mismo es porque no puedo soportar que otra mirada se haya desvanecido luchando para que ahora, a la gente, le importe más un resultado de fútbol que el mismísimo futuro del mundo. Desde aquí juro que más temprano que tarde, hasta el/la últimx bastardx de la autoridad arderá junto con su opulencia y su abuso de poder. 

"Si me preguntaran qué es la cárcel os respondería sin dudar que es el basurero de un proyecto socio-económico determinado, al cual arrojan todas aquellas personas que molestan dentro de la sociedad: por éso la cárcel alberga principalmente pobres..." (Palabras de Xosé Tarrío)

QUE VUELEN ALAS NEGRAS DE LIBERTAD Y ROMPAN MUROS Y CADENAS...
MUERTE AL ESTADO Y VIVA LA ANARQUÍA